
Finalmente llegó a estrenarse esta semana el primer documental del joven director peruano Augusto Rocambol, quien ya antes gozara de éxitos de taquilla con películas de aplaudida originalidad como El joven manos de alicates, El laberinto del diablo y La guerra de los anillos.
En esta cinta, Rocambol arriesga una versión bastante novedosa, equilibrada y, por qué no decirlo, humana de Abimael Guzmán, llegando a la conclusión de que el también llamado “Presidente Gonzalo” no fue sino el monstruoso y demoniaco cabecilla de una banda terrorista.
Rocambol quiere explorar las raíces de la violencia en la gran trama social de nuestro país y para ello investiga sus antecedentes en la historia peruana que, según da a entender el documental, se remontan hasta el polémico Hombre de Caral, conocido por convertir en un asunto personal la menor discrepancia ideológica.
En su búsqueda de los momentos cruciales de la crisis peruana, el film repasa la conquista, las rebeliones indígenas, la independencia, la guerra con Chile, la salida del aire de Yola Polastri y la derrota de 5 a 1 contra Ecuador.
Empeñado en una comprensión total de los hechos, el documentalista no deja ningún cabo suelto e intenta huir con mucho afán y pies ligeros de los lugares comunes. De otra forma no se explican esas tomas de atardeceres en una playa con palmeras, gaviotas y daiquiris, las iglesias barrocas abundantes en palomas, los niños jugueteando y riendo en una plazuelita bajo el sol serrano, imágenes que dicen mucho de un cineasta audaz que quiere mostrar otra cara de la violencia. Una cara totalmente insólita, de hecho, que no se le habría ocurrido a nadie que en verdad conociera los hechos.
El logro final es lo que importa. Algunos críticos envidiosos de Internet han señalado confusiones históricas poco relevantes para el conjunto, como atribuir la ejecución de Túpac Amaru II a Diego de Almagro, señalar que la entrevista de Guayaquil se llevó a cabo en Quito entre Bolivar y Obelix, mencionar a José Carlos Mariátegui como fundador de la Trinchera Norte y confundir al congresista Mauricio Mulder con Machín, el personaje de Patacláun.
Que Abimael Guzmán haya nacido en Arequipa y no en Liverpool (¡qué tanto problema por unos cuantos kilómetros de diferencia!), que Sendero Luminoso sea una escisión de la izquierda peruana y no de los Traveling Wilburys, y que el dictador de Camboya se llamara Pol Pot y no Popol Vuh, tal como afirma Rocambol en este documental, son detalles menores frente al retrato honesto y descarnado que el cineasta nos ofrece, con una cámara ágil y veloz, nerviosa, que a ratos se mueve mucho y casi siempre está en foco.
Desafortunadamente, en sus últimos minutos, Abimael Guzmán, el hijo de puta abandona su propuesta equilibrada y toma partido. A pesar de todo, el documental es un trabajo que vale la pena ver para apoyar al cine nacional y por lo inusitado de su historia: es un relato compuesto con la libertad que sólo puede ser hija del desconocimiento, como debe ocurrir siempre con las bellas artes plásticas.